La búsqueda de una unidad entre arte, arquitectura y artesanía es tan antigua como las propias categorías de arte, arquitectura y artesanía. El acto mismo de categorizar señala la presencia de una división, de una separación, que la búsqueda a la unidad intenta revertir: sin división, no habría necesidad de remediarla. La búsqueda de dicha unificación es, por tanto, una búsqueda de reunificación, una recuperación de una unidad esencial que ya reside no solo en la suma de las partes que la componen, sino también dentro de esas mismas partes. Una unidad que no solo atraviesa un conjunto de obras, sino que también habita en cada una de ellas. Una unidad interna que, en definitiva, es la que hace posible la existencia de una unidad externa. Una cadena, al fin y al cabo, es tan fuerte como su eslabón más débil.
La interacción entre unidad interior y exterior, dentro y a través de las obras de arte, ocupa un lugar central en la exposición actual de Karim Noureldin en Galería Elba Benítez. Titulada Brea, la exposición reúne obras en diversos formatos, entre ellos dibujos sobre papel, lámparas colgantes pintadas a mano, textiles de suelo y una intervención site-specific realizado específicamente para un espacio de la galería. A lo largo de la exposición, tanto las obras individuales como la amplia variedad de formatos que abarcan ponen de manifiesto el característico uso que hace el artista suizo-egipcio del color, cuidadosamente calibrado aplicado a formas y patrones geométricos, generando experiencias perceptivas tanto a pequeña como a gran escala. Dinámicas multidireccionales de proporción, escala y textura se entrecruzan dentro y entre los distintos formatos, dando lugar a simetrías distorsionadas y topologías complejamente desplegadas. Incluso el hecho de que el título Brea — elegido por el artista de manera fonética, es decir, por la sonoridad universal del término, independientemente de su significado en cualquier lengua concreta — se aplique tanto a muchas de las obras individuales como a la exposición en su conjunto, remite a la interacción entre la parte y el todo presente en ambos casos.
Al mismo tiempo, en Brea lo que prevalece siempre es la superficie: superficie pintada, superficie dibujada, superficie tejida, superficie iluminada. El formato se vuelve polivalente: el tejido evoca el papel y el papel evoca el tejido; la pared evoca el cristal y el cristal evoca la pared. Como consecuencia, aquí la superficie no es superficial; al contrario, en Brea las superficies convergen, dentro y entre las obras expuestas, para configurar una especie de espacialidad paradójica de dimensionalidad indeterminada. En última instancia, en Brea eso es lo que produce la interacción entre unidad interior y exterior: para crear una especie de entorno metafórico en donde el espectador, a través de su propia percepción, pueda entrar.
George Stolz